En el recuerdo... Miércoles Santo

Volvemos la vista hoy hacia el Miercoles Santo, uno de mis días predilectos en Cieza.

MIERCOLES SANTO: Alegría y Pasión

La tarde del Miércoles Santo es sin duda uno de mis momentos favoritos de la Semana Santa. Cuando el sol del mediodía todavía está en alto, los tercios infantiles de los Dormis, la Samaritana y el Judas comienzan a desfilar. Es desarmante ver con qué alegría los niños cargan con los pequeños pasos, cómo ríen y se lanzan caramelos mientras avanzan hacia el paseo.

Y desde los Ejíos, con el incomparable e inconfundible fondo de la Atalaya, el Castillo y la Huerta del Segura a sus pies, un rio blanco nace. San Juan comienza su traslado. La Traída de los Santos, una hermosísima tradición ciezana, se recrea bajo los árboles del Paseo mientras los sanjuanistas cantan:


San Juan, San Juan se va a caer
San Rafael lo va a coger.
Su alegre paso lleva en pos
Rosas de abril, nostalgias de pasión.
Himno de San Juan, de Antonio León Piñera (f.s. XIX)

Con las últimas luces que despide el sol antes de esconderse tras la Atalaya resplandeciendo en su juvenil rostro, el amado Apóstol entra en la Iglesia.

Como un nuevo Segura, nace a esta hora de la tarde un torrente de sentimiento Magdaleno desde la calle Juego de Bolos. Los pasodobles resuenan, los zapatos rechinan con el caramelo y la cera adherida a los suelos.

“La Tuna Pasa” baila a la Magdalena mientras mece su rizada y cobriza melena. Se va acercando a la Cochera y, al igual que los Santos Juanes, crea su propia cortesía con las dos Santas, la grande y la pequeña. Una vez entra en la cochera Santa María Magdalena, todos vamos corriendo a nuestras respectivas casas a prepararnos para la Procesión General.

Suena “Mater Mea”, la Samaritana ya abre la procesión. Le siguen la Unción en Betania, el Prendimiento, San Pedro y la Coronación de Espinas, escoltada siempre por los marciales armaos. La verónica vuelve a enjugar el rostro de Cristo con el ondeante paño, el del Ecce Homo que la precede. Ha llegado la hora para mí. Dejo la cámara y cojo el oboe, mi fiel compañero con el que tantas noches de procesión he compartido. Veo pasar el noble Cristo del Perdón y, cuando la Magdalena enfila ya la Calle del Cid una fila inmensa de rojos nazarenos se agolpa bajo el humo de los incensarios. Una luz de rojo intensísimo tiñe de dolor y consuelo el añejo arco de la puerta y, al son del Himno de España, sale el Santo Cristo del Consuelo.

El desorden de los primeros instantes, marcado por las típicas preguntas << ¿Las filas de cuantos?, ¿Qué marcha va?>> se corrigen en pos del paso que una caja marca contra viento y marea. Se desliza la Cruz de un Cristo, casi rozando las fachadas de la calle del Cid. Las galas se mecen majestuosas con cada paso, al igual que oscilan con fuerza las borlas de los cordones que sostienen el madero. Ahora, en el silencio que reina durante estos momentos, el Himno vuelve a estallar tras de nosotros: la Dolorosa sale presidiendo, siguiendo a su hijo muerto, al Consuelo.

Si puede ser un tanto imprecisa como corta mi experiencia como andero, cinco años al servicio de la música escoltando al Santo Cristo me otorgan una visión más amplia de lo que significa ser músico en Semana Santa. Siempre hay cierto grado de revuelo, preguntas sobre qué marcha va, cuánto nos queda o sobre cualquier aspecto de los desfiles; nos ayudamos unos a otros a cambiar las partituras, a calmar la sed. Bromas y conversaciones tanto banales como profundas se dan a lo largo de las filas de la banda. La compasión aflora junto con una sonrisa de compañerismo cuando a cualquiera se le caen los papeles, a fin de cuentas, a todos nos ha pasado alguna vez. También están las críticas y las quejas de los compañeros más ateos, quienes solo desfilan por trabajo. Sin embargo, hasta ellos “se ponen firmes” cuando tocamos algunas marchas que, musicalmente hablando, reverencian. “La Cruz de Doble Brazo” es una de ellas. Por mucho que la escuche, es incomparable a la sensación de tocarla en todos los sentidos, como siempre, en el trayecto de la calle larga a la Esquina del Convento. Tanto es que siempre llego al borde de las lágrimas. Al menos unos segundos después de que sus notas desaparezcan, se crea un clima de quietud, mientras su magia se disuelve. Después vuelve el familiar revuelo, pero siempre manteniendo la profesionalidad del músico, siempre respetando hasta la última ligadura, hasta el más insignificante matiz.

Sin embargo, cuando la calle Mesones desaparece bajo nuestros pies y la calle cadenas se presenta ante nuestros cansados ojos, el agotamiento se acrecienta. Es hora de alentarnos unos a otros con el típico “venga, que ya falta poco”.

Al doblar Diego Tortosa, cuando el campanario asoma entre los edificios, la voz de nuestro director se levanta para indicar una marcha que nosotros ya sabíamos que iba a poner. Quizás, sea su composición predilecta; quizás le guste ponerla la última como un sello personal, como una firma propia; o quizás solo crea que el marcial solo de trompeta sea la melodía perfecta para que el Santo Cristo se meza frente a la puerta de la Iglesia. De cualquier forma, este año no podía ser menos, el Prendimiento de Fco García Alcázar es la elegida para cerrar nuestra actuación mientras el Santo Cristo se acerca paso a paso y se recrea en la Plaza Mayor, en un silencio sepulcral. Al son del Himno Nacional que resuena de nuevo, el Cristo del Consuelo vuelve a la Basílica. La Dolorosa ya aparece siguiendo la estela morada de sus cofrades, como si fueran gotas de la sangre de su Hijo. Rápidamente he cambiado música por fotografía para despedir e inmortalizar como se merece a la Madre del Miércoles Santo.

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