Mirarán al que traspasaron: Los crucificados de Cieza III

Dejamos atrás mayo para introducirnos en junio con una nueva historia de devoción y arte.
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MIRARÁN AL QUE TRASPASARON: LOS CRUCIFICADOS DE CIEZA

III. "Eloi, eloi, lama sabactani"

"¡Dios mío, Dios mío! ¡¿Por qué me has abandonado?!" Este mudo grito nos llama a recorrer de nuevo las naves del templo y cruzar a través de las interminables filas de bancos hasta la amplia y diáfana capilla que a nadie deja indiferente. Tantas obras de arte allí se agolpan, algunas de las más grandes imágenes de nuestra Semana Santa. Pasan revista nuestros ojos por la expresión embelesada y abstraída de San Juan quien parece que nos sonríe si lo miramos fijamente, el Regio Ecce Homo aparece, de su mirada penetrante hablaremos en otra ocasión. La Virgen de Lourdes en la cueva donde reza Santa Bernardeta da paso al sufrimiento del maltratado Cristo de la Columna, eternamente flagelado por los "Judíos de Mateos". De la Piedad nada diremos pues, como al Ecce Homo, mil palabras no bastarían. Y, por fin, la tercera de las imágenes de González Moreno se presenta al callado observador. No diremos la mejor, pero su fama es innegable. Cuentan que el escultor mismo afirmó que otro crucificado así no obtendría y cuentan también que sus últimos años de vida los pasó en su contemplación. Cuanto hay de verdad en esas historias que se cuentan a media voz como si de leyendas se trataran yo no lo se, lo cierto es que "su Cristo" como el lo llamaba cariñosamente está considerado como uno de los más grandes del siglo. Cada músculo, tendón y ligamento se delinean perfectamente en la serena piel del crucificado. Los pulmones hinchados, los dedos espasmódicamente estirados y el rostro desolado son los únicos puntos de dramatismo que se imprimen en la serena efigie. Incluso la realidad parece un sueño cuando contemplas con detenimiento la imagen. Cada matiz, cada detalle que la noche del Jueves Santo diluye en su penumbra son fácilmente observables en la claridad de la capilla, tan solo la mirada vuelta al cielo escapa un poco de la comprensión del postrado observador. Lejos de la paternalidad del Santo Cristo o del amor que refleja el de la Sangre, el Cristo de la Agonía es un Señor filosófico que invita a la meditación sobre la Pasión, la entrega y el sufrimiento, sobre cómo es posible que un hombre soportara tantos dolores, tantos tormentos y todo por amor.
Entre mis momentos predilectos de la Semana Santa, la íntegra Procesión del Silencio, con su romanticismo y quietud, ocupa un puesto de honor. Desde la emocionante salida, con las luces apagadas y las campanas dando la medianoche hasta la melancólica entrada a la plaza con sus devotos cofrades arrodillados mientras la única luz que se ve es la de Dios hecho hombre en la Cruz que pasa en medio de los cirios de oración mientras suena el aria de Bach. El emocionante paso por las Claras, cuando el trono gira hacia el convento y se escucha el desgarrado canto de una saeta consigue atraer las lágrimas hasta mis párpados. Cada saeta, cada oración, cada poema, cada canto, cada silencio, cada redoble y cada violín es un rezo esta noche, la Noche de las Noches, la noche en que Jesús agoniza en Getsemaní y en la cruz. Cristo es, en ese momento más que nunca, la Luz del Mundo.
Es incomprensible para la mente humana todo lo que representa una imagen realizada por un hombre, todo lo que simboliza la noche del Amor Fraterno y su procesión del Silencio. Mil palabras no bastarían y con una sola sobra: Silencio.


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