CUARESMA 2017: Música y Semana Santa IV

Viernes de Cuaresma, de nuevo toca hablar de música cofrade en un nuevo artículo titulado:

LOS SESENTA, LA ERA DORADA

No es algo casual el que hayamos escogido este título, pues si bien a partir de 1950, y en particular en la década de los sesenta, se componen un número considerable de marchas, y marchas que marcarían el devenir de las dos grandes corrientes en banda de música, será durante estos años cuando uno de los máximos representantes del estilo general o fúnebre realice la mayor parte de sus obras: Ricardo Dorado Janeiro.

Nacido en La Coruña, pronto se trasladó a Madrid, donde estudió bajo la tutela de músicos como Joaquín Turina y Manuel de Falla y dónde llegó a ingresar en las unidades musicales de los regimientos Zamora e Inmemorial. Su trayectoria profesional no se limitó a la música semanasantera, sino que se extendió a distintos campos, llegando a componer incluso una opereta (La Gitanilla) y varios pasodobles. La banda sonora de "Historia de una Fiesta" (Mariano Ozores. 1965) también se la debemos a él. También marchas militares tan conocidas como "Los Paracaidistas" o "La Orgía Dorada" son suyas.

Pero, obviamente, es su obra religiosa y procesional por la que es recordado y la que hoy nos ocupa. Aunque encontramos que, en 1929, compone una temprana marcha dedicada a la Piedad de Málaga, su obra se encuadra en la década de los 60, época en la que daría por finalizada su carrera como interprete (de hecho, fue oboista) y director y se dedicaría principalmente a la enseñanza y la composición.

Su primera marcha fúnebre, con la que sentaría el precedente de su personal forma de componer, será Getsemaní (1960), dedicada a su difunta esposa. Esta marcha, de gran belleza, nos da toda la información que debemos saber sobre su música. Ricardo Dorado es plenamente romántico, lleva a la plenitud ese estilo que fundará Gabaldá y que establecieron definitivamente los Font y Mariano San Miguel. Su dominio sobre la orquestación de la banda es pleno, conoce perfectamente los límites de cada instrumento y los colores que le aportan, así, cuando quiere buscar dulzura, recurre a los clarinetes y flautas, añadiendo poco a poco al resto de maderas, con las trompas sosteniendo la armonía, creando un colchón armónico que le da cuerpo a la música y va generando tensión. En dos momentos de la marcha, los metales desaparecen: la introducción y un aparte justo antes del tutti central, donde las maderas recrean una suerte de coral con una armonía modal, carente de tensiones pero cargada de expresividad, una plegaria fúnebre in memoriam de su mujer.

Tanto en esta como en sus demás marchas, incluida su más reconocida obra, Mater Mea, juega mucho con las combinaciones instrumentales, buscando distintos efectos, y generando tensiones. Utiliza melodías muy sencillas, a veces basadas en dos únicas notas largas que le permiten desarrollarlas de distintas formas, transportándolas, adornándolas y realizando progresiones con ellas. Estas melodías también le sirven para jugar con una armonía sencilla, en el sentido de que no utiliza recursos muy complejos, pero muy bien estudiada de forma que le vaya generando una dirección que hace que el oyente sienta ese dolor que una marcha fúnebre debe reflejar.

Parece increible que un compositor haya llegado a ser tan famoso en toda España, y fuera de nuestras fronteras, en el ámbito cofrade, y que sus obras, medio siglo después, sigan siendo del agrado de todas las generaciones, no pasan de moda, son un punto en común para todo cofrade que se precie, no hay discusión que valga cuando se afirma que Dorado es uno de los grandes. Parece increible todo esto. Sin embargo, cuando estudias su música... todo se comprende.


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