La mirada de una Madre

El mejor y mayor piropo que se le puede decir a la Virgen es el de Madre. Ese fue el primer título que tuvo, el primero que recibió tras darle su "Si" al Señor. Su prima Isabel la llamó así la primera y los cristianos seguimos su ejemplo al encomendarnos a ella llamándola Madre del Salvador. Fue su primer y único trabajo, el que mejor desempeñó, aun con las dificultades que tuvo. Y cumplió con su obligación hasta el último instante, hasta el momento en que su propio Hijo le dió un cometido mayor, el de ser Madre de toda la Cristiandad, Madre de toda la Creación.

Ella nos acompaña, nos consuela, nos anima, nos sonrie, se enorgullece de nosotros cuando logramos nuestras metas y llora con nosotros en nuestros pesares y nos tiende la mano con la sonrisa que esconde el dolor de una Madre al ver a su hijo caido.

Una Madre nos dio el Señor, y mejor regalo no nos pudo hacer. Ese fue el Buen Suceso. Por eso nuestra Madre y Patrona es pequeña, para enseñarnos a ser humildes como María siempre fue; siempre en su lugar, sin vanagloriarse, presta a salir en auxilio de cuantos la necesitan. Por eso lleva en su mano al Señor, muy cerca del Corazón, para enseñarnos dónde debemos tener a Cristo si queremos gozar del Buen Suceso del Amor y la Felicidad. Por eso Dios la exaltó en Cuerpo y Alma, coronándola de estrellas, dándole el Cetro Maternal para que reinara, no como Soberana, sino como Madre. ¡Y que bien cumple ese cometido!

Durante su tríduo, la vi mirar orgullosa a sus hijos sacerdotes que la alababan como mejor sabían, por eso se hizo cercana y dejo su manto a disposición de nuestros pequeños, que también son hijos suyos, para abrazarlos a ellos también, y miró con alegría a esa madre que miraba risueña a su niña pasar por el manto, y miró con alegría a sus hijos ciezanos en la mañana de la romería, que madrugaron para llevarla y acompañarla sonrientes hasta su Celestial Mansión y rieron, cantaron, gritaron vivas y aplaudieron a su Madre sin decaer presas del cansancio o del calor. Y lloraron, con los ojos o con el corazón, o con ambos, al tener que abandonarla allá arriba en la Atalaya.

El mejor y más bello piropo que le podemos decir a la Virgen es el de Madre. Por eso, aquel que diga que esto es tan sólo un dogma, que exageramos al darle culto a Ella o que no es cristiano venerar a la más grande Mujer de toda la historia, no sabe lo que dice. Quien intenta ofenderla, ofende a todos sus hijos, quien intenta injuriarla, me ofende a mí, pues se bien que, cada vez que la miro a lo ojos, no veo un rostro bonito. Cada vez que, al visitarla, me acerco y la miro a los ojos, ellos me devuelven la mirada, la dulce Mirada de una Madre.


LA MIRADA DE UNA MADRE

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