Rosarium, Scala Coeli

Octubre siempre termina en Domingo. Octubre termina cuando termina el Rosario. Octubre termina cuando suena la campana del trono de la Virgen de Gracia y Esperanza y reposa en su casa de hermandad. Pero octubre siempre esta a la vuelta de la esquina, cada mañana que nos acordamos de nuestra Madre, es octubre.

El año pasado, cuando hablábamos del Rosario de la Aurora, decíamos que en cada rosario, ocurre un milagro. Este año he de matizar esta afirmación. El propio Rosario es un milagro. María, siempre humilde y atenta, sale a buscarnos a la calle. Sale temprano, pues tiene prisa por encontrarnos. Para Ella nosotros somos su prima Isabel, a quien fue a visitar corriendo cuando supo de su embarazo en el anuncio del Ángel. Para Ella somos su Hijo perdído en el templo, y en verdad estamos perdidos sin Ella, y viene corriendo a buscarnos, para alejarnos de todo mal antes de que sea irremediable, aunque para Ella todo es posible, pues por el dolor que Simeón le profetizó, el Hijo que trajo al mundo en Belén le otorgó el poder de interceder por nosotros, sus hijos, ante su Hijo que, como buen hijo, hace caso de todo cuanto su Madre le pide.

Y, cuando nos encuentra, se recrea, y siempre nos parece poco el tiempo que se queda entre nosotros. Y quisieramos cerrar las puertas de la parroquia para que no se fuera. Pero ella, Estrella de la Mañana, sale a iluminar las calles con su Consuelo para los Afligidos. Y, a través de Ella, nos vamos convirtiendo, pues las calles son el río jordán en esas frías mañanas. Y nos vuelve a repetir las palabras que dijo en Canaan: nos muestra a su Hijo, Cristo, y nos dice "Haced lo que Él os diga". Y el nos dice que anunciemos la Buena Nueva al mundo, y la buena nueva es que Cristo, vestido de Gloria, se ha quedado con nosotros en el bello Misterio de la Eucaristía. Por eso celebramos, tras rezar a María, la Santa Misa, pues María nos en seña el camino a su Hijo, y nos acompaña.

Ir al Rosario es un sacrificio. Pero un sacrificio que hacemos con gusto, pues amamos a nuestra Madre del Cielo tanto como a aquella que nos dió a Luz. Salimos temprano para experimentar la oscuridad de quien vive sin fe, el dolor de quien, como Cristo en Getsemaní, se ve abandonado de Dios. Es dificil levantarse tan temprano para caminar, pero si Cristo, flagelado y coronado de espinas, pudo cargar con la cruz y caminar, cómo no cargaremos nosotros con nuestra Reina y Madre y la llevaremos por las calles a oscuras. En la fría y temprana mañana, vestida aun de noche, igual que la Luna refleja los rayos del Sol, María resplandece iluminándonos con la luz de su Hijo, enseñándonos que, igual que tras la noche llega el día, tras la Muerte, llega la Resurrección. Y el verdadero milagro es que, el rosario no nos pesa, si no que relaja la Cruz de nuestras desdichas y nos acerca más a la Alegría del cielo, que Cristo abrió para nosotros al volver al Padre.

Como velas, María enciende nuestras almas con el fuego del Espíritu de su Hijo y nos enseña que, quien se humilla, es enaltecido por Dios, quien se acoge a Cristo, será llevado a su presencia en el día final y quien cree en el Señor y hace su voluntad reinará junto a Él en el Reino Eterno. Por eso, caminar con María en las auroras de octubre no es un mero ejercicio de tradición y devoción popular. Rezar el Rosario de la Aurora con la Esperanza de nuestros días, con la Llena de Gracia, es subir otro escalón más de la escalera que lleva al Cielo.


No podía terminar la crónica de los Rosarios de la Aurora 2017 sin dar gracias a la Real Cofradía de Nuestra Señora de Gracia y Esperanza, que muy merecido tienen el sobrenombre de "Hijos de María". Creo que no es casualidad que yo naciera el 18 de Diciembre, festividad de la Virgen de la Esperanza, ni que naciera en una familia tan ligada a la hermandad. Uno de los mejores recuerdos de mi infancia es aquel mes de mayo en que la Virgen de Gracia estuvo en casa de mis abuelos. También recuerdo con mucho cariño todos los rosarios a los que he ido desde bien pequeño. Tambien me llena de gozo haber podido participar en el triduo de la virgen, haber podido recitarle algun poema, tocarle su marcha al salir del convento para el rezo del rosario, y cantarle y gritarle vivas por la calle y en la iglesia. Cual no sería mi sorpresa y alegría al saber que este año una foto mía aunciaría los rosarios. En definitiva, gracias a los Hijos de María por saber cuidar tanto de su bendita Madre y mantener constantes y sin vacilar esta bella tradición del Rosario de la Aurora.


ROSARIUM, SCALA COELI

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