CUARESMA 2018: Música y Semana Santa 02x3

Avanzamos otros 60 años en el tiempo. Desde 1925 que se publicara "Mektub" ha sido mucho lo que ha ocurrido en la música procesional. El género, gracias en gran medida a esta marcha se ha ido estandarizando y sentando hasta conseguir que calara en la memoria sensorial de los cofrades de toda España. Aunque poco a poco todas las regiones comienzan a tener su repertorio propio, adaptandose a sus particulares tradiciones cofrades, en toda la geografía nacional resuenan esas marchas conocidas como "clásicas", hasta el punto de que ya no son de un sólo lugar, sino de todos los cofrades. A esa gran marcha de la que hablábamos la pasada semana le sigue la dedicada en 1935 por Emilio Cebrián al Abuelo de todos los jiennenses y que hoy en día es la más perfecta banda sonora de la mañana de Viernes Santo, sonando en cualquier lugar que se recuerde el camino al calvario de Nuestro Señor: Nuestro Padre Jesús. No obstante ser una marcha "sobre motivos andaluces", como el propio autor indica, e introducir un fragmento del "himno a Jaen" (obra del propio Cebrián) como contracanto en el trío, Nuestro Padre Jesús ya no es sólo del Nazareno "El Abuelo" de Jaén, sino de todos los Nazarenos de España. Décadas más tarde, llegará la siguiente marcha por excelencia. El Dolor de una Madre hecho música, el lamento fúnebre de nuestra Madre, María. Obra de un oboista militar de origen gallego, pero que creció musicalmente en Madrid, bajo la tutela de los grandes Joaquin Turina y Manuel de Falla y con la estela marcada de Mariano San Miguel. "Mater Mea" y su autor Ricardo Dorado.

Mientras tanto, Sevilla (y Andalucia entera en pos de ella) se distanciará cada vez más musicalmente del resto del País. Siguiendo la línea marcada por la familia Font, al tiempo que nacía Mektub, también nacían "Pasan los Campanilleros", "La Esperanza de Triana" y "Estrella Sublime" de la pluma del maestro López Farfán. Estas obras llegarían a prohibirse por el Arzobispado hispalense durante años por ser demasiado alegres para Semana Santa. En ellas se combina al mismo tiempo la marcha romántica, más triunfal que fúnebre, con numerosos temas populares y recursos del folklore andaluz, se sembraba así la semilla de la "Marcha de Palio", que llegará a su cúlmen en torno a los años 50/60 con Pedro Braña, autor de la marcha-himno para la "Coronación de la Macarena".

Así llegamos a los 80 y a la marcha que lo cambió todo en este mundo. Una marcha de corte clásico, pero con sonoridades andaluzas, con una estructura extensa, como "Amarguras" o "Mektub", con reminiscencias de las marchas de palio y que, en realidad, no es una marcha de procesión, sino un poema sinfónico. Es la que se ha llegado a convertir en el "himno" de la Semana Santa de España y en punto de referencia para músicos y compositores cofrades de las últimas décadas: "La Madrugá" de Abel Moreno. Era necesario hablar de todo lo anterior pues el própio Abel Moreno en alguna ocasión a declarado que se ha inspirado en estos compositores anteriores para sus obras; en especial en Cebrián y Dorado, por la forma exquisita de componer del primero y la maestría instrumentando del segundo. 

Al contrario que Mektub y otras, cuya historia está implícita a la música y da lugar a numerosas interpretaciones, La Madrugá está totalmente explicada por el Autor, haciendo así su particular descripción de esta jornada de la Semana Grande sevillana. Nace de la nada la marcha, apenas un bajo y una melodía que es tan sólo el arpegio de re menor, tonalidad en la que está toda la exposición y desarrollo de la obra. Comienza casi en Silencio, representando a la primera cofradía tanto de la Madrugá como de Sevilla, la de Jesús Nazareno, la del Silencio. Tras esta plegaria (dato curioso: la melodía está extraida de un "Padre Nuestro" que años antes había escrito el propio compositor para un funeral) que sirve de introducción, comienza el saxo con una melodía similar a una saeta, melodía que después repetirá toda la banda, de la misma forma que Sevilla bulle al paso del Gran Poder. La siguiente sección, la que representa a la hermandad del Calvario, haría las veces de desarrollo, con un tema más amplio y cambiante que los dos anteriores. Con ella termina toda la primera parte de la marcha. Hasta este momento, toda la música viene dada en modo menor, más triste y oscuro, representando a las tres hermandades que hacen su estación de penitencia en silencio. Sin embargo, termina con el acorde de Re Mayor, dandole de esta forma luz a la obra. Es el momento de las dos Reinas de la noche, las dos vírgenes que desde fuera parece que dividen a Sevilla y, en realidad, unen la Hispalis añeja con el barrio de Triana por el mismo nombre: Esperanza. Tenemos dos temas complementarios: los clarinetes interpretan el de la Macarena y los saxos el de Triana, fundiendo en uno ambas devociones. Y, ahora que la Esperanza de Triana ha pasado por Campana, en torno a las 7 de la mañana del Viernes Santo, vuelve a aparecer el Silencio en escena, pues pasa muy cerca de esta plaza para regresar a su Sede. Así, el trío se ve maravillosamente interrumpido por la introducción. Una vez entra el Silencio, toda la banda rompe a tocar. Suenan de nuevo los temas de las Esperanzas, ya de regreso hacia sus templos y, sobre ellos, las trompetas añaden un nuevo contracanto que simboliza al Cristo de los Gitanos.

No es la primera vez que un compositor dedica una obra o marcha a esta jornada, apenas hay novedades musicales y, aunque aparentemente si lo haya, tampoco varía tanto la estructura tradicional. Pero ha supuesto una revolución en este mundillo pues todo su planteamiento, los constantes cambios de sonoridad con una finalidad narrativa y los muchos detalles que incluye (campanas, timbales, duos...) han abierto la puerta a los nuevos compositores a experimentar de nuevo y crear marchas sin restricción alguna. Asi que, cuando escuchéis "La Madrugá" de nuevo, hacedlo a sabiendas de que estais escuchando el principio de una nueva era.



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