Momentos de la Pasión: Prefacio

He de confesar que no quería volver, que estaba hastiado y apático, sin ganas de marchas ni de incienso. El año pasado fue tan intenso que, pasado el sueño navideño, apenas me quedaban ansias. Lo veía todo gris y sin sentido, se convirtió en cenizas el fuego que me inflamaba, se apagó en mi la llama de la Pasión. Estaba triste y apagado, mas el viento frío del mes de enero sopló con su fuerza y, las ascuas que en mí creía extinguidas, cobraron potencia y crecieron, extendiendo el incendio que se propaga entre abril y marzo por mi ser. Y hoy, arrepentido por mi traición a mis principios, vuelvo llorando a la Iglesia, buscando aquello que quise dejar atrás y que, ahora, cuando aún no ha hecho sino comenzar, ya añoro con todas mis fuerzas.

Igual que con mi cámara, este año mi alma ha retratado escenas, momentos, instantes de nuestra Semana Grande. Ha guardado esos pequeños detalles que, sumados, convierten a Cieza en Jerusalén durante una semana y hoy, cuando la cera espera para revestir las duras calles de adoquín, el caramelo quiere endulzar las aceras y de los rincones ya emanan aromas a incienso y flor, vengo a traeros esas perlas de memoria que he ido atesorando desde que el día de San Valentín volviera a enamorarme de la Semana Santa de Cieza.

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Y, de repente, volví la cabeza, mirando hacia el gentío, y vi el campanario iluminado, eclipsado por la espesa cabellera del Medinacelli, parado allí, en su segunda caída, que esta vez le sobrevino en la calle del Cid. Sentí, por fin, que estaba en casa. Los agobios que había sentido hasta hacía unos días, las dudas, la apatía, el cansancio, todo se disipó. Junto a mí volví a sentir la mano de aquellos que se me fueron, rescatados del recuerdo por el ondear de las galas, el aroma a clavel y lirio y la doliente y estoica mirada de Nuestro Padre Jesús, el Medinacelli, de nuevo en Via-Crucis. Me vi de la mano de mis mayores, aprendiendo los cantos, aprendiendo a rezar, aprendiendo el significado de la Pasión. Y vi a dos niños, vestidos de monaguillos, con el incensario y la naveta, esforzándose por mantenerse serios como el desfile requiere. Pero sus progresos en esta materia quedaban destrozados por su delatadora mirada, que si sus bocas se cerraban con fuerza, sus ojos sonreían de oreja a oreja, porque al fin había llegado la Cuaresma. Me redescubrí a mi mismo en esas miradas, volví a ser el niño enamorado de un trono (o de todos ellos) que siempre he sido.


Silencio. Qué palabra tan bella. Recuerdo que en catequesis, cuando era pequeño, a menudo nos decían que en el Silencio se escucha a Dios. Y nunca terminé de comprender esas palabras hasta que, un Jueves Santo, vi al Cristo de la Agonía despedirse de las Clarisas. También comprendí que el Silencio es más potente cuando lo acompaña la música inspirada. Silencio. Silencio en la Iglesia. Silencio y Oscuridad, como un Jueves Santo condensado en una tarde de domingo de febrero. “Pie Iesu, Domine, dona eis Requiem”. Tenue iluminación de candelas… y de los violáceos y mortecinos faroles del Silencio. Hombres vestidos de gala y luto, portando a Dios hecho Madera por la nave central del templo hacia la capilla que es su casa. Calla el tambor y entona el órgano un acorde que sirve de sostén a la soprano para arropar en su melodía al Cristo de la Agonía. Llegados a la capilla, se hace el Silencio donde se escucha la voz de Dios. Y la divina voz se transmutó de nuevo en órgano y canto, a través de una de las más bellas piezas, y la más acertada a mi parecer para el momento de elevar el Madero Salvador: “Pie Iesu, Domine, dona eis Requiem”. El Pie Iesu del Requiem de Fauré y el Cristo de la Agonía subiendo a su trono, en su paciente espera para el Jueves Santo, transportaron mi alma a un lugar donde la Paz Eterna brilla como único sol. Necesito tanto de ti, Señor. En apenas dos instantes me has devuelto la Pasión y has despertado mi Fervor. Espero reencontrarme contigo cuando de nuevo se apague la luz, luzcan las candelas y se pueda escuchar tu voz. Cuando sea el Silencio.



Primer Viernes de Marzo, una tarde lluviosa, y qué belleza más cofrade es esa lluvia, que tanto bien hace a nuestras huertas. Hemos de recordar que el agua es necesaria y, si ha de llover en Semana Santa porque sea el momento propicio, que así sea, pero que nadie pase hambre por falta de lluvia. En esa tarde de viernes, a parte de por lluviosa, el Medinacelli se queda en su altar del Convento para recibir mejor la lluvia de besos que los ciezanos le dispensan en ese día. Tal es el fervor que el pueblo de Cieza atesora que pocos son los ciezanos que no pasan ante sus plantas a besar sus desgastados pies. Es imposible negar que nuestra localidad tiene un sentir religioso y cofrade muy arraigado, que sigue pasando de padres a hijos. Tanto es que, aun durante la misa y el rezo del via-crucis, no hay bastantes hermanos de la cofradía para contener a quienes se lanzan fervorosos a rozar apenas la orilla de su túnica. No hay más que pasar por allí a cualquier hora de ese día para descubrir cientos de oraciones, hechas beso, mirada y cirio ofrendado, que cubren cada palmo del antaño convento franciscano. Esa mujer mayor que le pide por sus hijos en paro, por su marido enfermo, por aquellos que ya se fueron y por ella misma, para que su Señor de piel morena le conceda al próximo año poder volver a besarle los pies. Ese hombre que silenciosamente se acerca y, rápidamente, le besa los pies, pues tiene prisa para seguir con sus quehaceres, con su trabajo, con su família y en ese ligero beso reza por los suyos. Esa madre que lleva en brazos o de la mano a su hijo pequeño, a enseñarle lo que nos hace ser quien somos, nuestra identidad, enseñandole, como su madre a ella, hay que besar los pies al Medinacelli. Y así se perpetua lo que tanto molesta a muchos: la tradición y la devoción de rendirnos a Jesús de Medinacelli como Padre y Señor Nuestro.

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Eres la Virgen de Gracia y Madre Nuestra querida. En verdad eres madre nuestra porque, al verte salir por el angosto arco de tu clausura, nos sentimos como niños. Y es que la noche del traslado de Nuestra Señora de Gracia y Esperanza es una noche para los niños. Una noche para ese niño, cuya mejor herencia es estar enfermo con esta bendita locura, aferrado a una farola a hombros de su padre, alzándose como Zaqueo en la higuera para ver pasar la procesión. También para esa niña que hoy estrena túnica y lleva alegre su vela porque por fin puede salir desfilando como su hermana, como su padre... Y es una noche en la que nos volvemos como niños con un juguete nuevo, pues por fin vemos el final de la espera cerca. Por fin las calles huelen a incienso, la cera resbala sobre el adoquín, las paredes proyectan ecos de marchas y las ventanas reflejan destellos de candelas. Por fin hay un trono en las calles. Y qué casualidad que sea la primera una Virgen, una Mujer que, lejos de someterse, acepta de buen grado la misión que se espera de ella y se convierte para todos en un ejemplo de entereza, siendo luz y esperanza, manteniendo sobre sus hombros el peso del mundo cuando todo es oscuridad y pesar. Y qué casualidad que sean niñas la mayoría de su tercio, y que tengamos dos relevos para su pequeño paso compuestos de mujeres, porque sin ellas, sin todas las mujeres anderas, nazarenas, penitentes, bordadoras, floristas, músicos, directivas, fundadoras, madres e hijas, la Semana Santa no sería Semana Santa. Digo "qué casualidad" porque no fueron pocos los insultos y críticas que la Iglesia y las Cofradías se llevaron en algunas de las manifestaciones por los derechos de la mujer (celebradas apenas dos días antes), cuando, sin la mujer, iglesia y cofradías se hundirian.

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Las carreras. Ir de esquina en esquina corriendo para alcanzar la cabeza de la procesión, buscando al Medinacelli una última vez antes de ir al encuentro de San Pedro. Eso es Semana Santa. Las conversaciones con esos compañeros cofrades, a los que nos une esta bendita locura, los encuentros en cada acto, la emoción antes de que se abra el portón de la iglesia y el contenido suspiro en el rotundo silencio que se forma cuando este se abre, mostrando interminables filas de nazarenos dentro. Eso es Semana Santa. Vivir la cuaresma como si no hubiera más año fuera de marzo, querer estar en todos sitios al mismo tiempo y correr hasta que las piernas no den de si para lograrlo. Planificarlo todo, intentar hacer de todo, no lograrlo y, en el error, descubrir que todo es maravilloso; que, gracias a una idea que nunca se llega a cumplir, te encuentras con San Pedro cara a cara, envuelto en incienso en un balcón del Camino de Madrid. Eso es Semana Santa.


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Cieza es Jerusalén. Así lo ha manifestado hoy Tomás Rubio, nuestro pregonero de este año, en uno de los mejores pregones que he escuchado jamás. Mientras sonaba Jerusalén y él nos desgranaba su prosa, cada fibra de mi ser vibraba, el vello se me erizaba e incluso alguna lágrima se ha escapado. Entre todas las verdades que ha dicho, todos los momentos que ha anticipado, todas las frases que ha pronunciado, la mayor de todas es el propio título, inscrito en grandes letras en las escaleras del altar: los ciezanos NO PODEMOS CALLAR LO QUE HEMOS VISTO Y OIDO. Así nos ha definido a todos los semanasanteros ciezanos. No podemos dejar de ser pregoneros en nuestro día a día de nuestra Semana Santa, lo que nos hace ser como somos.

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¿Que por qué me gusta tanto esto? ¿De verdad lo preguntáis a estas alturas?
Porque Semana Santa significa volver a ser como niños, como los niños que fuimos un día, echándole besos al Señor desde los brazos de nuestra Madre, o aprendiendo a rezar junto al Medinacelli de la mano de nuestra abuela. Porque Semana Santa es recordar a aquellos que ya no están y que un día te precedieron y enseñaron a vivir esa celebración. Porque Semana Santa es reencontrarte con esa gente que hacia tiempo que no veías y reír, hablar, criticar, filosofar y llorar junto a ellos sin necesidad de más explicación que la de una marcha. Porque Semana Santa es dejar de ser uno más y pasar a ser la razón por la que en esta semana toda Cieza se revuelve, para ti, sentado en tu silla, destinatario de las procesiones. Porque pasas de ser uno más a ser la fuerza justa que hacia falta para terminar de levantar el trono, el capuz justo para que las filas no parezcan vacias, la ultima flor de  un centro, la puntada de gracia de un manto o la nota que faltaba en el acorde. Porque pasas de ser uno más a ser el más importante, porque gracias a ti, ese grano que solo no hace granero pero ayuda al compañero, una persona ha visto desde lejos tu procesión, la ha hecho suya y se ha enamorado como tú de ella. Porque la Semana Santa nos engrandece. Por eso tanta emoción en estos días de cuaresma, por eso tanto fervor con los días que vienen. Ahora toca vivir y no soñar, mañana es Viernes de Dolores, mañana se acaba la Cuenta Atrás.

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Aquí termina esta primera parte de la Crónica de la Semana Santa 2018, esta crónica en forma de diario y recopilación de momentos y reflexiones. Ahora toca disfrutar de la Semana Santa 2018. Os invito a hacer igual que yo haré e ir en busca de momentos que almacenar en nuestro recuerdo.
¡FELIZ SEMANA SANTA 2018!

CUARESMA 2018

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