Momentos de la Pasión: La Pascua

Esperanza en la tarde. Las campanillas del palio al alcance de mi mano, con su repique de Esperanza. Verte pasar, Madre, por fin en tu palio como Reina que eres, mostrándote como prueba de que la Esperanza es lo último que se pierde, me llena de alegría en la tarde de Jueves Santo, cuando el sol aún no se ha puesto del todo. Pero viendote en esa tarde en que tú eres el centro absoluto de nuestras calles y corazones, que ya tendremos la noche para acompañar a tu Hijo, nuestro Señor, no puedo si no sentir melancolía de esas ocasiones totalmente opuestas a esta, pero semejantes en un aspecto. En lugar del ocaso, la aurora, en lugar de Reina y Señora, Madre y Mediadora, en lugar de primavera recién nacida, otoño en pleno vergel, en lugar de un manto de flores, un vestido de oraciones, pero el mismo milagro de tu mirada. Esa mirada, que me ha vuelto a traspasar desde la cercanía de una ventana en Diego Tortosa, me ha dicho que pronto nos veremos, en esas auroras silenciosas y discretas del mes de octubre, cuando volvamos a descubrir que el Rosario es un milagro en si.

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Silencio. Que bella palabra. Silencio ante Dios en el sagrario. Silencio ante la Agonía de Dios encarnado. Silencio de un llanto, escondido en la capilla, de una mujer, anónima bajo el capuz, que esta madrugada recorrerá Cieza iluminando tu paso, llevando la luz que tu mismo has iluminado. Qué bien se está aquí, Señor. Dónde si no se puede ver tanta gloria junta. Dios sacramentado, vigilante en el sagrario, Cristo Crucificado, agonizando en Silencio; y Espíritu Santo, inflamando con su fuego nuestros corazones enamorados de ti. Son muchos los recuerdos de hoy. Pero hace tiempo sabia que el momento de pasión de jueves santo sería para el Silencio. Escondido en la capilla, el murmullo de la iglesia se apaga, tu eres el muro que acalla ese murmullo, tú bloqueas ese quedo influjo con tu silueta recortada contra las bóvedas de la basílica. No son pocos los que vienen ahora junto a ti a llorar como esa anónima mujer que esta noche ha hablado contigo entre lágrimas... Antes incluso de verte en la calle.

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De nuevo y por fin (tras la, por desgracia, abarrotada y bulliciosa carrera) Silencio... y lágrimas descontroladas en tu capilla. Se que al otro lado de la pared tu agonizas en el getsemaní del Sagrario, pero no puedo si no llorar con el Aria de Bach, que aún resuena en los rincones de la capilla y de la Plaza, con el Cerca de Ti, que con queda voz he cantado a tu lado... Igual que resuena en mi corazón ese momento en que, a viva voz, te he pedido Liberame Domini de Morte Aeternam, mirándonos a los ojos en una calle San Sebastian que nunca podrá entender esa mirada. Y es en la calle del Barco donde otra mujer lloraba, no con los ojos sino con el alma, buscando el único lugar del recorrido que aún queda para poder hablar contigo en Silencio (pues, como recordé esta cuaresma, en el silencio habla Dios). Miradas apoyadas en las fachadas de las calles Cadenas y Barco, buscando el Silencio de tu paso, el recogimiento y la oración que nos invitas a realizar. Empezar a desgarrarme el alma, como tantas veces, en las claras, y supurar esa herida en lágrimas de despedida, un Jueves Santo más, en tu capilla es mi recuerdo de este Jueves Santo.

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Qué triste un Viernes Santo sin caracolas. Que triste un Viernes Santo sin plumas romanas frente a los Valencianos. Que hoy los armaos no están escoltando al Nazareno, que se duelen al velar su particular "Cama de Cristo". Qué triste una Esquina del Convento sin marchas sonando, sólo silencio y cajas de luto. Qué triste un Viernes Santo sin el Santo Cristo cerrando el desfile en la Plaza Mayor, con ese particular poetismo que lleva a la Dolorosa y a su Hijo por caminos distintos: el uno al Sepulcro de la Iglesia, la otra a la Casa-Museo de su Dolor. Qué triste para mi cruzarme a través de la calle mesones a mi Nazareno, sabiendo que ya no lo veré más en la calle hasta dentro de mucho, despidiendome de Él en la cercana lejanía de correos, mientras yo sigo escoltando al Consuelo por la Esquina del Convento. Mas, que curioso, lo triste se vuelve alegre. Esa despedida no será tan extensa, que en octubre, si el Nazareno quiere, nos volveremos a encontrar. La lluvia que truncó el Via-Crucis del Penitente, convirtió Viernes Santo en 3 de mayo, con Cieza aplaudiendo a su Cristo a paso ordinario, sólo faltaba una chispa que desencadenara en sus voces el Cristo Bendito. Esa misma lluvia, que nos dejó con la procesión a medias, consiguió que esta se cerrara con La Cortesía, y qué insólita y ciezanísima estampa la de ver a la Dolorosa entrando con un pasodoble. Así es Cieza y así es la Semana Santa, la tristeza del final inminente se convierte en la alegría de la última mañana. De esta forma, Viernes Santo se convierte en día de despedidas: la del Nazareno, la de la Dolorosa, la del Santo Cristo... No hay día, pues, mejor recibir la llamada del Padre, pidiendo tu retorno a Casa. Hoy que recordamos la Muerte de Cristo, estamos con más razones de luto. Pero ya nos lo decía anoche María. Siempre hay que tener Esperanza. Si el propio Cristo murió (y sigue muriendo) hoy, no hay mejor día para asociarse a su Muerte, partiendo con la serena seguridad de que está próxima la Resurrección.

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Viernes Santo y la Semana Santa de Cieza, tan cambiante y voluble como la vida misma. En un momento todo es luto y llanto, al siguiente estamos corriendo al son de la Cortesía, huyendo de la lluvia. Y qué cosa tan curiosa esta, comenzábamos con Semana Santa Ciezana donde debiera estar un pasodoble, y donde debiera estar una marcha lenta... La Cortesía. Esos cambios son Semana Santa, y esa simetría poética. En un momento estás cantando La Muerte no es el Final y al siguiente bailas al son del pasodoble de los Dormis, en una magnífica tarde de traslado. Después de la tristeza de la mañana y del mal tiempo a mediodía, encontrarme con la Cama de Cristo de frente al salir de los oficios era justo lo que necesitaba para recobrar las fuerzas y los animos para afrontar la noche. Que cosa más ciezana, tornar el luto en danzas, el llanto en cantos, convertir el Sepulcro en la Cama y mecerla a tan ciezano paso. Que bello ese momento. Ya habrá tiempo de llorar y emocionarse esta noche, ahora hay que reir y disfrutar de esos regalos que la Semana Santa de Cieza nos hace.


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Viernes Santo, día de despedidas, noche de llanto y emoción, de luto, recuerdos y homenajes, de oraciones y silencios. No hay procesión más melancólica que ésta, tanto por el caracter de entierro de esta noche santa como por la consciencia que todos vamos cobrando de la cercanía del fin. Mas aún hay tiempo de sorprendernos y descubrir nuevos momentos. De nuevo la música y de nuevo la cama. Una magnífica marcha, de corte clásico, muy al hilo de Getsemaní, de un buen amigo y compañero, tan perfectamente hecha que parecía que siempre ha sonado en esos últimos tramos del recorrido, donde la luz se funde con la sombra del campanario y todo se vuelve quedo y apagado, como si entráramos en un camposanto. El Rey Duerme, orlado de ángeles, escoltado con los más altos honores, camino del sepulcro que el Domingo aparecerá vacío. Para mí, tan cerrado en gustos musicales, enamorado para siempre de Dorado, San Miguel y Cebrián, descubrir de esta forma una marcha que me llegue al alma es poco menos de un milagro. Por eso, de todo Viernes Santo, de todo el Santo Entierro, me quedo con la Cama girando hacia la Calle San Pedro, que esta noche es la puerta de la tumba donde será depositado Cristo, al son de el Rey Duerme, de Javier Cano.

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La luna quiso asomarse a verte salir, Señor, en tu camino entre la Muerte y la Resurrección. La luna quiso asomarse pero las nubes no le dejaron. Quiso también la lluvia saludarte, asustándonos a todos, mas tus cofrades son fuertes y pacientes, y avanzaron sin miedo hacia la calle de la Hoz, esa puerta al inframundo que te lleva hacia la bajada del Muro, buscando salvar a Adán y a todos nosotros con él. No pudo vencer el mal tiempo, y recorriste tu itinerario, cerrando así la Pasión y abriendo la puerta a la Resurrección. La iglesia envuelta en una nebulosa de incienso, la luna llena filtrando sus frios rayos por el arco de la puerta y Tú reinando sobre todos nosotros arrodillados. Oh, Dios del Cielo, Señor de lo Infinito, tiende tu mano y abre los abismos. Es este momento con el que me quedo de esta procesión, al igual que todos los años, por ser el instante en que la Semana de Pasión toca a su fin. Ya sólo queda la Gloria de la Pascua.



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Aquí culmina la Pasión de Cristo según Cieza, una Pasión que este año nos ha sorprendido como si fuera la primera vez con su tradicional forma y con esos momentos atípicos que nos han hecho vivir instantes históricos. Ahora, cuando Sábado de Gloria ya comienza a despuntar en el horizonte de la Atalaya, se cierra este capítulo de la Crónica.

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