CUARESMA 2019: Divina Madera

Este año cumplimos 10 años de que llegara a Cieza uno de los grandes grupos escultóricos de nuestra Semana Santa para completar el relato de la Pasión que los ciezanos ofrecemos en la noche de Miércoles Santo: la Coronación de Espinas de Francisco Romero Zafra, por eso el Divina Madera de este año lo dedicamos a este paso.

SALVE, REY DE LOS JUDIOS

Miercoles Santo, la noche más ciezana de todo el año. Esa noche en que todo el pueblo sale a la calle para mostrar lo mejor y más granado de su Semana Santa, la carrera se convierte en museo y catequesis. A Cristo le lavan los pies en Betania y ofrece su Agua viva, sobre su espalda llueven azotes y sus apóstoles lo niegan, traicionan y abandonan. Sólo la mujer Verónica se digna a limpiar el rosto del Ecce Homo, que pronto nos ofrecerá el Perdón en la Cruz y será Consuelo de la Magdalena y del Dolor de su Madre.
Toda la procesión es una catequesis que muestra a Cristo sufriendo por nosotros, y toda ella sigue una misma tónica, toda ella nos muestra que Cieza hunde sus raices en la tradición barroca levantina. Tronos de salón y rostros salzillescos van pasando ante nosotros. Pero también nos demuestra lo ecléctica que es, con el Regio porte romano del Ecce Homo o los suaves rasgos de la familia Carrillo. Mas, entre todas estas obras maestras procedentes de levante, surge un paso que rompe con todo lo demás.

En 2009 llegaba desde Córdoba un rostro doliente, lleno de sufrimiento y súplica, para completar aun más ese relato que los ciezanos cuentan los Miércoles Santos: La Coronación de Espinas. Romero Zafra nos relata este pasaje, inmediatamente posterior al de la Flagelación con suma delicadeza y expresividad, y con ese dramatismo y belleza dolorosa que caracteriza a los andaluces.

Cristo se sienta en un banco y se retuerce en su dolor intentando huir del martirio. Su rostro se vuelve al cielo en busca de ayuda y consuelo, buscando al Padre que le ha encomendado tan ardua tarea. Todo él es una llaga, no ha centímetro de piel que no derrame tan preciosa sangre. Y ahora también sus sienes desperdician ese valioso líquido, pagando con cada gota por nuestros pecados. Cada gota, cada pinchazo, cada punzada de dolor, es el perdón de un pecado nuestro, pues para eso ha enviado el Padre al Hijo, para que, con su sufrimiento y su muerte, nos limpie de todas nuestras faltas y nos haga dignos de sentarnos a su mesa. Tras de él, un soldado romano, ataviado con los avíos propios de su rango, descarga su infinita rabia, ensañándose con el reo, incrustándole aun más la corona de la burla.

Cristo, que es Rey, debiera estar sentado en un trono de Majestad y no el el banquillo de los condenados. Su corona debiera ser de oro y piedras preciosas, no de espinas y gotas encarnadas. Su manto debiera ser de púrpura y armiño, no de áspero tergal, manchado de inmundicias. Su rostro debiera expresar divina Majestad, no infinito dolor. Pero no es así, Él acepta todas estas humillaciones por nosotros, sus hijos, sus hermanos, sus amados. Y, ¿qué hacemos nosotros? ¿Nos compadecemos? ¿Nos convertimos? No, seguimos pecando. Lo llamamos Rey de los Judios y Rey del Universo, hincando la rodilla ante su presencia; pero, a sus espaldas, seguimos humillándolo, escarneciéndolo, traicionandolo, ensañándonos con su bondad, clavándole cada vez más hondo las espinas de sus sienes.

El soldado, que nos representa a nosotros, en su rostro muestra una sonrisa, pero una sonrisa tensa y sin amor ni bondad en ella. Es una sonrisa que perturba y sólo irradia odio y maldad. ¡Cuánto debieramos aprender de esa sonrisa! Deberíamos aprender al admirar el paso de la Coronación de Espinas que más vale sufrir y llorar en silencio y pedirle ayuda al Padre que está en el Cielo que mirar hacia la tierra y lo material, sonriendo vácuamente mientras todo lo bueno que hay en nosotros se nos escapa como el tiempo. Después veremos que aquellos que han sufrido humildemente como Cristo y levantaron sus ojos al Altísimo se vestirán de majestad y Dios cambiará su luto en danzas y sus lágrimas en risas mientras que aquellos que han centrado sus intereses en la tierra ya han recibido su paga y que, cuando lo material se acabe, nada les quedará.

Al mirar hacia la Coronación de Espinas, no veneremos al Cristo, no le proclamemos Rey y después le neguemos, miremos al sayon y veamos en él todo aquello que nos envenena y nos aleja de Cristo. Rechazemos entonces la maldad que allí vemos y busquemos con los ojos lacrimosos el consuelo del Padre, que da a los humildes y pobres de Espíritu.

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