El Egoísmo Del Fotógrafo

Por Antonio Jesús Hernández Alba
Como cada año, por el mes de noviembre, volvemos a nuestra casa, la Casa de los Santos, a recordar. Volvemos a recordar aquello que nos mantiene vivos durante todo ese tiempo vacío que transcurre entre abril y marzo. Volvemos a la Casa de los Santos para ver los frutos del trabajo de nuestros fotógrafos, artistas que cada año se esfuerzan por mostrar lo mejor de su producción, pugnando por conseguir el ansiado premio de anunciar nuestra Semana Santa. Volvemos porque llega el concurso de fotografía “Semana Santa de Cieza”.

Cada año son más los fotógrafos que acuden a este certamen, cada año son más las cámaras que salen a la calle durante la Semana de Pasión. Ya es casi imposible ver un trono en la calle sin que al menos 5 personas estén alrededor intentando fotografiarlo desde todos los ángulos posibles. Llega a ser, incluso, molesto y cargante. Resulta molesto para el espectador, a quien, en algunas ocasiones, se llega a estorbar la visión de las procesiones; molesto, también, para los que desfilan, que ven entorpecido su paso por los fotógrafos que pululan en torno a ellos; y molesto incluso para los propios fotógrafos que se estorban entre si. De lo necesario o no de esta sobrecarga no hablaré, primero porque yo mismo formo parte de ese grupo y segundo porque es otro el asunto del que quiero hablar.

Cierto es que, en ocasiones, el público y los cofrades se quejan de la molestia que supone tanto fotógrafo en puntuales momentos, y muchas veces tienen razón. A veces los cámaras nos extralimitamos (casi siempre sin querer) en nuestro afán por conseguir una buena instantánea y llegamos a estorbar realmente. No obstante, esas mismas personas que critican parecen olvidar su indignación cuando llega noviembre; y se emocionan al ver las magníficas imágenes que hemos conseguido captar.

¿Por qué ese cambio de actitud? ¿Por qué a los semanasanteros les gustan tanto las fotos que sacamos? ¿Por qué proliferan cada vez más los fotógrafos y los móviles durante las procesiones? Es algo muy sencillo. Como decía al principio, la Semana Santa nos hace vivir, y su recuerdo nos mantiene vivos entre Pascua y Ramos. Y es precisamente esa necesidad de recordar lo que nos lleva a fotografiar las procesiones.

No obstante, hay algo que yo, como fotógrafo cofrade que soy, nunca llegaré a comprender: ¿Por qué hay tantos fotógrafos en las procesiones y luego hay tan pocas fotografías de Semana Santa en las redes? ¿De verdad compensa toda una Semana de trabajo (más luego el proceso de edición y selección) sólo para conseguir 8 fotografías que, muy probablemente, luego ni siquiera serán finalistas? A mí, desde luego, no me compensa.
Sé por la experiencia que dan 10 años corriendo con la cámara al cuello de esquina en esquina que en una única procesión se llegan a hacer cientos de capturas. ¡Cuántas fotografías no se podrán hacer en 10 días! El número, ya os lo digo, sobrepasa las 4 cifras. Si bien también sé que luego las fotografías que valen la pena no son ni el 10%, siempre se puede conseguir un buen reportaje de unas 100 o 200 fotografías de toda la Semana. Y si yo, que soy apenas un aficionado, con un equipo muy básico y unos conocimientos técnicos de fotografía limitados a lo que me ha enseñado la experiencia, consigo cada año en torno a 300, ¿cuántas grandes fotografías consiguen los muchos que son mejores que yo y se quedan sin ver la luz, perdidas en un disco duro?

Se bien la importancia del concurso como muestra de ese enorme trabajo artístico que realizamos pero, a mi parecer, 8 fotografías son un paupérrimo resumen de esa inmensa labor; y dedicar todo el trabajo únicamente al concurso me parece algo demasiado limitado e incompleto. Como decía, echamos fotografías no para conseguir un cartel que, por estadística, es muy poco probable que consigamos, si no para inmortalizar lo efímero de nuestras procesiones. Hacemos fotos para recordar, cuando pasen meses y años, un momento en concreto, una mirada, una estampa, un detalle, un instante de los muchos que nos ofrece nuestra riquísima Semana Santa. Y no solo para que lo recordemos nosotros.

Esconder el producto de nuestras cámaras es, en este caso, un síntoma de egoísmo, escatimando al público esos recuerdos y momentos a los que sólo el fotógrafo ha tenido acceso. Es también una falta de respeto al público que te ha dejado colarte entre sus filas y ponerte delante de ellos para que tú pudieras hacer esa foto, una falta de respeto también a tantos cofrades que se desviven por sacar sus pasos y cofradías a la calle sin poder disfrutar del merecido premio que es ver esa fotografía de la que, en cierta forma, ellos son también responsables y parte de ella. Es el ojo del fotógrafo quien capta el momento, pero son los cofrades quienes lo hacen posible.

Por eso yo, cuando el Domingo de Resurrección se convierte en un recuerdo más, comienzo a revisar el enorme archivo que he generado; comienzo a juzgar, seleccionar y editar fotos, separando aquellas que destinaré a los concursos y esforzándome por publicar cuanto antes todo el resto del reportaje. Y os digo que la sonrisa de un semanasantero que, al ver una fotografía mía, ha podido revivir un instante de nuestra Pasión, vale más que un cartel o un premio en cualquier concurso.

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