Reflexión Dominical: Día de la Cruz

Por Borja Atencia Flores
Lectura del Santo Evangelio Según San Juan (3, 13-17)

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo:
«Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó cielo, el Hijo del hombre.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Palabra del Señor

Queridos hermanos, celebramos hoy el día de la Cruz, el día grande de la Perla del Segura. Hoy es el día del Santísimo Cristo del Consuelo. El Evangelio de hoy contempla a Cristo como redentor del mundo, como el enviado por Dios para salvarnos. Al mirar el madero de la Cruz vemos a Cristo victorioso; aún en su muerte, lo vemos clavado en el leño de la redención, lo vemos más vivo que nunca, porque es así: Cristo murió por nosotros y resucitando nos dio la vida eterna. 

El sacrificio del hijo tiene una palabra en mayúsculas: AMOR. La culminación de la pasión del Señor fue por ese amor que él nos tiene, porque somos sus hijos, porque creemos en él. Ese amor que él nos tiene se manifestó desde el mismo instante en que fue encarnado, se manifestó en su Santísima Madre. Ella asume con bondad y con fe la misión de Dios: “Hágase en mí, según tu palabra”. La vida del Señor que narran los hechos evangélicos es la vida de un hombre que nos amó hasta el extremo, que fue la muerte de Cruz, ese amor que debemos manifestar nosotros y vivir como vivió el Señor, perdonando. 

El evangelio nos dice unas palabras clave: “Para que todo el que crea en él tenga vida eterna”. Esa es la obra suprema de Dios, la más grande y la más bella. Por esa obra todos hemos sido librados y disfrutaremos con él de las alegrías eternas del cielo. El Papa Juan Pablo I dejó una de las citas más bonitas que se han hecho sobre este amor de Dios: 
“Dios detesta las faltas, porque son faltas. Pero, por otra parte, ama, en cierto sentido, las faltas en cuanto le dan ocasión a Él de mostrar su misericordia y a nosotros de permanecer humildes y de comprender también y compadecer las faltas del prójimo”. 
Porque el mensaje del Señor fue hermoso, y en el preámbulo de su pasión nos dijo: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Por eso, el leño de la Cruz es el signo de Amor más grande de la historia.

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