Reflexión Dominical: Domingo XII de Tiempo Ordinario

Por Pablo Moreno Gómez
Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,26-33):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

Palabra del Señor

En el Evangelio de hoy, se nos repite constantemente «no temáis», «no tengáis miedo». Una palabra que, desde luego, hace connotar un halo de esperanza en aquel que por la Sangre de sus llagas nos ha redimido.

Este «no temáis» también nos hace ver a Jesús de Nazaret diciéndonos, ten fe, no te preocupes, que yo estoy aquí. Esa fe que tantas veces nos falta y no podemos ver más allá de las obras concretas. Pero no podemos quedarnos en una fe superficial, tenemos que crecer en la intimidad con Dios, descubrir y degustar su amor para con nosotros. Solo desde ahí, desde ese proceso de entrar en el seno del Padre, podremos tener la fe suficiente como para dejarnos en las manos de Dios por completo y «no tener miedo».

El Evangelio de hoy, nos invita a tener en cuenta que el hombre es la criatura predilecta de Dios, el hombre es amado por el Creador más que cualquier otra criatura y está por encima de ellas. Por eso se nos exige más. El gorrión con su alegre canto y su humilde vuelo da gloria a Dios, nosotros libres, gracias al entendimiento, tenemos que dar más, tenemos que tener una visión crítica y creyente del mundo, es decir, ver lo que el mundo me ofrece y ante eso, proponer un estilo de vida completamente diferente, un estilo de vida en Dios y desde el Amor de la fe. De esto, ya nos advierte Jesús «temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo». Es decir, temed al mundo, pero no con un temor que me aleja, sino un temor que me hace mostrarme firme en mis convicciones y que me hace tener un deseo ardiente de cambiar lo mundano del hoy. 

Difícil tarea la que se nos encomienda: transformar el mundo, hacer presente el Reino de Dios en el mundo terrenal. No obstante, para ello se nos dan las armas perfectas: la fe, la esperanza y la caridad, las tres virtudes teologales, presentes en el Evangelio y que han de guiar la vida del cristiano para llegar al Padre. La Caridad es la única que, según San Pablo, perdurará en la eternidad, pues una vez que lleguemos al Padre, la fe y la esperanza se convertirán en la plenitud del Padre y solo nos quedará el Amor entre Dios y su criatura. Sin embargo, este amor es un amor correspondido: «si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo». A pesar de que puede parecer que si no eres creyente o estas fuera de la ley de Dios, el Padre no te ama, es todo lo contrario; Dios te ama por el hecho de ser creación suya, y no cualquiera, sino la criatura a la que más ama y la cual ha hecho a su imagen y semejanza. Ahora bien, él te da la libertad para escoger el camino que desees. Puedes escoger el camino de la fe y que te conduce a la felicidad plena, que es Dios, aunque parezca difícil y algo complicado creer en lo que "la ciencia no puede demostrar". O bien, el camino fácil del mundo que conlleva la perdición del cuerpo y del alma. Pues, ¿de qué me sirve una libertad que me va a hacer esclavo?

Feliz domingo, día del Resucitado.

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