Reflexión Dominical: Solemnidad del Corpus Christi

Por Antonio Jesús Hernández Alba
Lectura del santo evangelio según san Juan (6,51-58):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Palabra del Señor
Hoy celebramos una de las festividades más bellas en todo el año litúrgico: el Corpus Christi. Hoy celebramos una de las mayores alegrías que nos da el ser cristianos. Hoy celebramos lo que da sentido a nuestro día a día, la mayor muestra de amor que Dios ha tenido con nosotros. El propio Creador, el Señor que lo ha hecho todo, el Altísimo y Omnipotente se ha hecho pequeño por amor, ha querido vivir entre nosotros y ha nacido como un hombre de clase humilde. Y no solo eso, además de hacerse pequeño, nos ha enseñado, nos ha transmitido con sus palabras y obras que la fe y el amor valen la pena, que el Padre está con nosotros. Además, por tanto amor que nos ha tenido, Él mismo ha dado su vida por nosotros, para que por medio de su Sacrificio nos salvaramos, y ha resucitado para enseñarnos que la Muerte no es el final, sino el principio de una vida plena y eterna. 

Pero no se ha quedado ahí su muestra de amor. Cristo Jesús no quiso que su paso por el mundo fuera un hecho puntual, no quiso que su sacrificio fuera tan sólo un punto en la historia. Por eso, la noche antes de entregarse a la muerte, cuando partió el pan con sus discípulos, instuyó el Sacramento de la Eucaristía. Esa noche nos entregó un rito y un milagro que se repite desde entonces cada día, cada domingo, en cada uno de nuestros templos e iglesias cuando se celebra la misa. Aquella noche de angustia y agonía, Cristo se nos entregó y nos regaló su presencia real en el Pan de la Eucaristía. No quiso que su muerte en la Cruz y su entrega fueran sólo un recuerdo, sino que quiso que esa entrega y ese sacrificio perduraran. Él mismo ha querido quedarse en el Sagrario, no nos ha abandonado. Ese es el Buen Suceso que hoy proclama la Iglesia. Aunque este misterio ya lo conmemoramos en la tarde de Jueves Santo, ese día no lo podemos admirar en su total plenitud y alegría, pues queda un tanto empañado por la inminente Pasión y Muerte de Cristo. Hoy, tras contemplarlo Resucitado y elevado a los Cielos, y tras haber recibido su Santo Espíritu, podemos entender y alegrarnos por este magnífico misterio.

En el Evangelio, Cristo nos dice "Yo soy el Pan de Vida, quien come de este pan vivirá eternamente". Antes de que llegara el momento de su Pasión, quiso explicar a los discípulos el verdadero motivo de su inmolación. Su entrega no fue solamente para abrirnos las puertas del Cielo, sino para, por medio de la Cruz, quedarse con nosotros para siempre, estando presente en el Pan y en el Vino de la Consagración. Así, Él mismo se convierte en alimento para nuestro espíritu, del mismo modo que el pan es alimento para nuestro cuerpo. Cuando acudimos a la iglesia y nos arrodillamos ante el Sagrario, no hemos de hacerlo como un mero rito, sino con la certeza de que Dios, que nos ama, se encuentra allí de verdad, presto a escuchar nuestros dolores y súplicas, y a consolarnos y darnos fuerzas en nuestro caminar. Que no se nos olvide este bello misterio, aunque no lo lleguemos a comprender del todo, y, al mirar hoy a la Custodia, demosle gracias al Señor por haberse quedado con nosotros hasta el Fin de los Días, tal y como prometió el día de su Ascensión.

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