Reflexión Dominical: Domingo XV de Tiempo Ordinario

Por Antonio Jesús Hernández Alba
Lectura del Santo Evangelio según san Mateo (13,1-23):

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

Palabra del Señor

El Evangelio que se nos presenta hoy es quizás uno de los pasajes más conocidos: "la Parábola del Sembrador". Hoy, Cristo, nos invita a reflexionar sobre la fe y sobre nuestro estilo de vida. Jesús no hace si no hablarnos día a día, en todos los instantes de nuestra vida se comunica con nosotros; aunque nosotros no nos demos cuenta, Él está presente. El Señor está presente, como Él mismo dijo, en el enfermo y en el necesitado, enseñándonos humildad y misericordia, en los que hacen el bien, enseñándonos cómo debemos actuar para ser felices. El premio que Cristo nos da por actuar con amor y amabilidad, por ser humildes y misericordiosos no es el salvarnos de la condenación eterna, es mucho más simple: la felicidad completa, tanto en esta vida como en la Vida Eterna. Por eso nos invita a escucharle. En sus palabras no hay odio, no hay ofensa, no hay maldad. Sus palabras están llenas de vida, de amor y de felicidad para quien sabe escucharlas.

Cristo está constántemente hablándonos, pero como más directamente lo hace es a través del Evangelio. Es curioso cómo un texto escrito hace casi 2000 años sigue siendo tan actual y nos sirve de guía y apoyo en las dificultades de nuestra existencia aún en el presente. Cristo se presenta en este pasaje como el Sembrador, que va día a día sembrando su palabra, igual que el agricultor siembra la semilla que luego producirá el cereal con el que fabricaremos el pan y tantas otras cosas necesarias para nuestra vida. Pero no siempre se recibe igual su palabra. Por eso es muy necesario este Evangelio, esta Buena Noticia. Cristo está constantemente sembrando en nuestros corazones sus enseñanzas, no nos abandona nunca. La cuestión es: ¿soy yo una tierra blanda y fértil, dispuesta a recibir esa semilla de felicidad que el Señor me da?¿O más bien soy como el resto de terrenos, apenas permeables a que esa palabra traspase y de fruto? Si no estamos dispuestos a escuchar y a recibir esa palabra, de poco vale ir todos los domingos a Misa, hacer penitencia en las procesiones o rezar todos los días el Rosario. Si no somos una tierra fértil, pronto llegarán otros pensamientos que se comerán esa semilla, o que ahogará el fruto que pueda dar. 

O mejor dicho, la pregunta no es: ¿qué tierra soy? sino ¿qué tierra quiero ser? Si quiero ser feliz, si quiero recibir la Palabra de Dios, debo estar dispuesto a escucharla y aceptarla completa, por dura que sea, pues la recompensa será mayor. 

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