Reflexión Dominical: Domingo XXV de Tiempo Ordinario

Por Antonio Jesús Hernández Alba

Lectura del Santo Evangelio Según San Mateo (20,1-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido." Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?" Le respondieron: "Nadie nos ha contratado." Él les dijo: "Id también vosotros a mi viña." Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: "Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros." Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno." Él replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Palabra del Señor

Después del descanso que en esta web nos hemos tomado en el mes de agosto, retomamos ahora, con el comienzo del curso, las reflexiones dominicales sobre el Evangelio.

Hoy el Señor, en el Evangelio, nos da un pequeño tirón de orejas a todos los cristianos, a todos los que somos servidores y esclavos del Padre, a ejemplo de nuestra Madre, María. Los cristianos somos Hijos de Dios, somos los hijos amados de aquel que tanto nos ha querido que se ha dado a Si mismo, en la persona de su Hijo, para salvarnos del mal y del pecado. Dios nos ha dado el mundo, nos ha dado la vida, nos ha dado a su Madre, nos ha dado toda la creación para que vivamos de ella. A cada uno nos ha dado una pequeña parcela de creación. Dios nos ha dado mucho, y mucho trabajo también, a cada uno según nuestras capacidades, y nos ha dado también la promesa del pago que recibiremos a cambio de ese trabajo como portadores de su palabra, como embajadores de la Bondad y del Amor.
Pero somos ciegos cuando no queremos ver. Dios nos ha dado muchísimo y nos dará más, el Padre nos paga a todos por igual, pues por igual nos quiere. Y, en lugar de ver lo mucho que nos ama a todos sus hijos, lo único que vemos es que a todos nos da lo mismo mientras que unos han trabajado más que otros. 
Es aquí donde llegan las mayores debilidades del hombre: la sobervia y la envidia. La sobervia porque nos creemos con derecho a reclamarle al Altísimo, que nos da tanto con generosidad, y que nos recompensa aun cuando, si fueramos un poco humildes y viéramos de verdad todo lo que hacemos mal, entenderíamos que no merecemos ni la mitad de todo lo que Él nos da. Y no sólo rechistamos porque creemos que nos merecemos más que nuestro hermano, sino que lo envidiamos porque él ha recibido más por menos, o eso creemos. No practicamos el amor fraterno, no nos ponemos en la piel del prójimo. Nuestra única preocupación es para con nuestro ego.
Quizás, y sólo quizás, si envidiaramos menos al de al lado, si no nos dedicáramos a exigir y a criticar y nos centráramos en ser humildes, como nuestra Madre María, y en trabajar por la paz y la justicia, seríamos más felices y reconoceríamos que, aun cuando nos acosan las desgracias, el Señor está con nosotros y nos da más cosas buenas que malas. Si entendiéramos esto y nos dejáramos en manos de Dios, seríamos más felices porque sentiríamos por fin ese gran amor que Él nos tiene.
Atendamos a esta llamada de atención del Evangelio, de la Buena Noticia que hoy nos regala el Señor y trabajemos juntos por hacer de este mundo un reflejo del Amor infinito de Dios.

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