Reflexión Dominical: Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

Por Antonio Jesús Hernández Alba

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (22,15-21):

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»
Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César.»
Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Palabra del Señor

Ser Cristiano no implica estar por encima de todo. Ser cristiano no te da un estatus de superioridad. La fe, no es algo que te deba poner por encima de los demás, por encima de aquellos que no creen, o que profesan un credo distinto. Los fariseos y los sacerdotes de los judíos de la época de Jesús se creían superiores al resto del mundo, se consideraban a ellos mismos con derecho a juzgar y criticar a los gentiles, a los que no profesaban la fe hebráica por estar ellos en posesión de una verdad superior, por ser el pueblo escogido de Dios, por llevar, en su opinión, una vida más recta y acorde con los mandamientos que el resto. Y es precisamente esta actitud la que los perdía y los alejaba del amor del Padre. ¿Somos nosotros igual que los fariseos, vamos por la vida con aire de superioridad por tener fe, o seguimos la enseñanza de amor, servicio y humildad de Cristo?

El Evangelio de hoy, además de ese toque de atención llamándonos a abandonar la soberbia, tiene una segunda enseñanza. En ocasiones, parece que seguir de forma literal las enseñanzas de las Sagradas Escrituras consiste en olvidarse del mundo material, olvidarse de las cosas mundanas y centrarnos solamente en lo referente al Reino de los Cielos. Es importante abandonarnos, si, olvidarnos de nosotros mismos y responder solícitos a la llamada del Padre. Tenemos que olvidar el egoismo y restarle importancia a los bienes materiales, es cierto, pero Cristo, como hombre que fue, no olvida que vivimos en el mundo, y que tenemos que pasar por esta vida. Tampoco olvida que vivimos en sociedad y que, para poder cumplir con los mandatos de Dios, con sus enseñanzas de Amor y Caridad, tenemos que estar acorde a los requisitos de la sociedad de la que participamos.

Por eso Cristo nos regala hoy esa tan famosa frase, que ha trascendido la Escritura y se ha convertido casi en un refrán: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Con esa afirmación tan rotunda nos invita primero a cumplir con nuestras responsabilidades como ciudadanos, a participar de la vida comunitaria, a pagar nuestros impuestos, a ser consecuentes con nuestra sociedad y nuestra forma de vida. Y, una vez cumplida con esa obligación, podremos dedicarnos enteramente a darle a Dios lo que es suyo, a dedicarle nuestra vida en oración, obedientes con humildad a sus palabras, estando en paz con nuestros hermanos.

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