Reflexión Dominical: Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

Por Pablo Moreno Gómez 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,33-43):


En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo." Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia." Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?" Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Palabra del Señor

Queridos hermanos, en este domingo XXVII del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos presenta la “parábola de los viñadores homicidas”. En esta parábola, el dueño de la viña, como imagen de Dios Padre, aparenta ser alguien iluso, que después de plantar y cuidar con amor su viña, imagen del Pueblo de Dios, la deja al cuidado de unos viñadores codiciosos y malvados. Así ha hecho Dios con nosotros, con su Iglesia. Ha plantado la Palabra en ella, la ha cuidado y alimentado y la ha dejado al cuidado de sus hijos. Pero, sus hijos, todos los bautizados, estamos marcados con la mancha del pecado, lo que hace que, en muchas ocasiones, deformemos la idea de Iglesia Santa. 

Cuando los frutos de la viña están, el dueño manda a sus criados, es decir, aquellos a los que Dios les ha dado la misión de anunciarlo, de ser imagen suya en la tierra. Y nuestra reacción ante la llegada de estos criados, pues, muchas veces es como la de los viñadores de la parábola. No queremos oír hablar del dueño de la viña, no queremos ver que nuestro trabajo no es para nosotros, sino que es para el beneficio de otro. Nuestro orgullo nos hace codiciar las cosas terrenales, hasta el punto de “matar” a aquellos que Dios pone en nuestra vida, muchas veces, para recordarnos nuestra misión: trabajar en la viña a gloria de Dios.

Esto es lo que les pasa a los viñadores, han estado trabajando duro, han estado jornadas completas bajo el sol, cuidando y recolectando los frutos de la vid, y a la hora de obtener los beneficios, es el dueño el que llega “a llevarse todo el mérito”. Dios actúa igual, es el hombre el que trabaja su viña, son los sacerdotes, las religiosas, los laicos los que construyen día a día la Iglesia, los que cuidan de la viña que Dios plantó, pero todo ello es en Dios y para Dios, todo ello es “en beneficio” de Dios. 

Pues a esto nos llama nuestro Padre este domingo, a trabajar, a dar nuestra vida al cuidado de su viña, a tener conciencia de que nuestro trabajo siempre es para Él, que todo empieza en Él como fuente y termina en Él como fin. Abrámonos a la Gracia del Espíritu, Él que nos mueve y nos guía como hijos de Dios y como Iglesia viva y santa.

No podría terminar esta reflexión sin lanzar un guiño, hoy 4 de octubre a San Francisco de Asís. Él supo despojarse de todo, supo dejar todo lo terreno para entregar su vida al completo al servicio de los más pobres y necesitados, aquellos a los que la sociedad abandonaba y desechaba. Tomemos ejemplo de este pequeño hombre, pero gran santo, cumpliendo en todo momento la Voluntad de Dios, trabajando en su viña con plena conciencia de que el mérito no era suyo, sino del Señor que cuidaba de él.

Feliz domingo, paz y bien.

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