Reflexión Dominical: Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

Por Antonio Jesús Hernández Alba
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (25,14-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: "Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: "Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo." El señor le respondió: "Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes."»

Palabra del Señor

Dios nos ama, eso es lo primero y principal que debemos tener claro. Dios nos ama y confía en nosotros, igual que nuestros padres confían en nosotros y nos quieren. Y como nos quieren con toda su alma, quieren para nosotros lo mejor. Por eso, cuando somos pequeños, nos acompañan y nos enseñan y nos regañan, porque nos aman. No obstante, llega un momento en que ellos, que nos lo han dado todo, nos dan también la libertad de hacer con nuestra vida lo que estimemos oportuno, aun a costa de su propio sufrimiento por lo que nos pueda pasar. En cierta forma, Dios padre hace lo mismo con nosotros. Cuando nacemos, nos da una serie de dones y capacidades, nos da su Espíritu y nos da su divino Amor por medio del bautismo. Pero, una vez que somos lo suficientemente mayores como para decidir y hacer uso de nuestra libertad, nos deja caminar a nuestro albedrío. Porque nos ama, quiere que le amemos libremente, así que no nos obliga a hacer nada, ni siquiera a amarle. Simplemente nos deja nuestras capacidades, nuestros talentos, a cada uno más o menos según su Voluntad. 

Como a los tres sirvientes de la parábola que nos ofrece hoy Cristo a través del Evangelio, a nosotros el Señor nos ha dado una serie de talentos y capacidades para que actuemos según estimemos conveniente. No obstante, cuando, al final de nuestro camino, lleguemos a su presencia, nos pedirá cuentas de lo que hicimos con esos talentos que nos dió. No le importará cuántos nos dió, sino qué hemos hecho con ellos.

De nuevo, el Señor nos muestra el voto de confianza que ha hecho con nosotros. Nos ha dado muchas cosas y nos ha dado la libertad de decidir. Ante nosotros tenemos dos opciones: la primera, la que agrada al Padre, poner los talentos a trabajar, ofrecerlos al servicio de Dios y de los demás; la segunda, guardarlos para nosotros. Si escogemos la primera, esos talentos crecerán y darán fruto abundante, y Dios nos recompensará por habernos mostrado dignos de su confianza y nos dará un puesto cercano a Él en el Reino Eterno. Si, por el contrario, optamos por la opción egoista y nos guardamos nuestras capacidades para nosotros en lugar de usarlas para mejorar el mundo, el Altísimo nos rechazará, igual que hemos rechazado su confianza, y, ¡qué triste es la vida de aquel que no tiene a Dios, que es Amor, con él!

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