Reflexión Dominical: Domingo III de Adviento (Domingo "Gaudete")

Por Antonio Jesús Hernández Alba

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (1,6-8.19-28):

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»
Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»
Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»
El dijo: «No lo soy.»
«¿Eres tú el Profeta?»
Respondió: «No.»
Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»
Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: "Allanad el camino del Señor", como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Palabra del Señor

Alegraos, Hermanos, porque está cerca el Señor. La Navidad, el tiempo de gozo por el nacimiento del Salvador está ya muy cerca. Por eso hoy, en el ecuador del tiempo de Adviento, celebramos el llamado "Domingo Gaudete" Domingo de la Alegría. Toda la liturgia lo proclama ya, el tiempo de espera va tocando a su fin, por eso la Iglesia nos invita a alegrarnos y a prepararnos para este gran acontecimiento, un acontecimiento tan señalado que incluso se utiliza para medir el paso del tiempo.

El Evangelio hoy nos muestra a Juan, el Bautista, primo del Señor y su último precursor. Juan, desde su nacimiento, estaba llamado a preparar el camino al Señor, a predicar con palabra y ejemplo al pueblo de Israel cómo obrar, cómo purificarse, cómo prepararse para recibir entre ellos a la Salvación del Mundo. El pueblo de Israel estaba perdido, alejado de los preceptos del Altísimo, olvidando su palabra y sólo cumpliendo con sus obligaciones religiosas por pura tradición y costumbre. Por eso Juan bautizaba y predicaba. Era necesario que viniera Juan antes que Cristo, para prepararle el camino a los corazones de los israelitas, para que el mensaje de Amor y de Conversión que habría de traer Jesús tuviera en sus mentes y en sus almas una tierra fertil donde arraigar. Pero este mensaje siempre es polémico y los que mandan nunca lo aceptan de buen grado. Los fariseos, los dirigentes religiosos de los judios, le preguntan a Juan por su autoridad para enseñar, porque sólo aceptarán la enseñanza de alguien a quien consideren superior a ellos. Juan, en cambio, se muestra como es: humilde, pequeño, tan sólo un instrumento en manos de Dios.

Escuchemos hoy la Palabra del Señor y hagamos examen de conciencia. ¿Somos como el pueblo de Israel en aquellos días? ¿Vamos a la Iglesia por pura costumbre o  vamos con el alma alegre y preparada para encontrarse con nuestro Hermano y Señor, con aquel que nos ha amado hasta el extremo? ¿Somos soberbios como los fariseos, o nos plegaremos y aceptaremos de buen grado las enseñanzas que el Padre nos da por boca de Juan y de su Divino Hijo? En estos días previos a la Navidad, preparemos nuestros corazones, allanemos la senda que ha de recorrer el Hijo de Dios para que entre en nosotros y nos llene con su Alegría y con su Luz.

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