Reflexión Dominical: Solemnidad de la Asunción de María

Por Antonio Jesús Hernández Alba

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (1,39-56):

En aquellos días, Maria se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de Maria, saltó la criatura en su vientre.
Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»
María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»
María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

Palabra del Señor

En pleno agosto, en mitad del descanso vacacional del verano, la iglesia nos regala una de las solemnidades más bellas de cuantas componen el calendario litúrgico: la Asunción de María, una fiesta que, si bien es casi tan antigua como la propia iglesia, como ocurrió con la Inmaculada Concepción, no se declaró como Dogma de fe hasta 1950. 

Hoy celebramos y recordamos la gloria de nuestra Santa Madre, la más perfecta de todas las criaturas, predestinada a ser Madre de Dios desde el primer momento de su concepción en el vientre de su madre. Y es que de madres va la cosa, porque no hay amor más puro que el de una madre ni amor más desmedido y natural que el de un hijo por su progenitora. No es de extrañar que el Señor amara sobremanera a su propia madre y le deseara y consiguiera lo mejor. María es la más perfecta de todas las obras del Padre, concebida sin mancha de pecado original y, en su última hora, transportada en cuerpo y alma al Cielo por voluntad de su divino Hijo para que fuera ella la primera en gozar plenamente de la gloria de la Resurrección y para que, viviendo eternamente en el Reino del Padre, pueda interceder por nosotros, pueda ayudarnos actuando de mediadora entre el Señor y nosotros, sus hijos.

No obstante la importancia de este episodio de la vida de la Virgen y la trascendencia que tiene para nosotros, no aparece en las Sagradas Escrituras, los únicos testimonios escritos que tenemos pertenecen a algunos Evangelios Apócrifos. Por ello, la Iglesia nos ofrece hoy el relato evangélico de la "Visitación". María camina hasta la casa de su prima Isabel, embarazada del Bautista, y allí, la anciana Isabel la llama "Bendita entre las mujeres" y la propia María profetiza aquello de "Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mi". Poco más se puede añadir al canto del Magnificat, la oración que, por boca de nuestra Madre, el Evangelio nos recuerda hoy. Leamos en interioricemos estas bellas palabras para que nuestro espíritu se alegre, con María asunta en cuerpo y alma al Cielo, en Dios, nuestro Salvador. 

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