Reflexión Dominical: Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

 

Por: Jorge Carretero Koch
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (7,31-37):
En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»
Palabra del Señor

"Effetá", "ábrete".

En el Evangelio de este domingo, Jesús nos da un claro mensaje de sanación. No sólo cura a un sordo devolviéndole el poder de escuchar sino que le abre el corazón para poder escuchar su palabra, la palabra de Dios.
En este evangelio se nos presenta a una multitud que quiere ver señales de curación milagrosa. Ellos muestran a Jesús un sordo que también apenas podía hablar. Jesús al verlo le cura, pidiendo posteriormente a la gente que no proclamaran esos hechos. Pero aquellas personas no podían callar ante lo ocurrido. Estaban perplejos ante el hecho de que Jesús devolviera el escuchar y el habla a aquel sordo.
Ante este milagro, no debemos quedarnos con el simple hecho, sino buscar la solidaridad de aquellas personas. En el mundo existen infinitas enfermedades, infinitas personas que sufren no sólo con enfermedades corporales, también con enfermedades espirituales. Es ahí donde debemos abrir nuestro corazón y hacerles ver que no están sólos, Cristo también les acompaña en su duro camino. Ser luz de vida en la oscuridad de aquellos corazones.

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