Reflexión Dominical: Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

 

Por Jorge Carretero Koch
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (13,24-32):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»
Palabra del Señor

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”

 Cristo resucitado nos anuncia una última llegada a la tierra, no como un mensaje apocalíptico del fin del mundo, sino como un mensaje de esperanza, pues volveremos al Padre a gozar de la vida eterna.

Este domingo, penúltimo del tiempo ordinario, Jesús nos llama a estar alerta, a mirar los signos de los tiempos. Nos presenta un contexto devastador, “después de la gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán”. Vivimos en un mundo con numerosas catástrofes naturales, problemas terribles de índole económico y social, pero ante todo esto, Jesús está en medio de nosotros.

“Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria”. Jesús está en nosotros, vive con nosotros. Que se hace presente en la Eucaristía, que nos ama tal como somos, no quiere apartarse de nosotros. Vivir con Él, es vivir un camino de salvación, y es también un camino de vivir el presente bien estando preparados para el momento de partir a la vida eterna. Esto es lo que nos transmite el Hijo de Dios en este evangelio.

Hablar de un mensaje apocalíptico no es hablar del mensaje de amor de Dios. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. A lo largo de los tiempos, Dios no ha buscado el temor de los cristianos, el vivir con miedo sobre el futuro; sólo ha querido que viviéramos en su amor. Tampoco al final de los tiempos vendrá con un poder lleno de ira y orgullo, sino con un radiante rostro de amor, del cual todos nos abandonaremos al amor del Padre.




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