Reflexión Dominical: Domingo II de Adviento

 

Por Pablo Moreno Gómez
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (3,1-6):
En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tretarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio ttetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. 
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
«Voz del que grita en el desierto:
Preparad el camino del Señor,
allanad sus senderos;
los valles serán rellenados,
los montes y colinas serán rebajador;
lo torcido será enderezado,
lo escabroso será camino llano.
Y toda carne verá la salvación de Dios».
Palabra del Señor

Domingo II de Adviento, encendemos la segunda vela de nuestra corona de Adviento, estamos un paso más cerca de la alegre Navidad. Este domingo la Iglesia nos presenta un pasaje bíblico que sucede en los albores de la Evangelización, Juan el Bautista, a quien Dios eligió para llevar una vida humilde y entregada al Señor, es llamado por este para que anuncie que su llegada está próxima. “Preparad el camino al Señor” nos exhorta el Bautista, una orden clara, preparad…
Pero, ¿cómo lo podemos hacer? ¿Cómo me preparo? Pues siendo consciente de las fechas que se aproximan, siendo consciente de que es Dios el que viene a mi encuentro, ¡Dios mismo se hace carne! ¡Se hace hombre como yo! Casi, increíble, ¿no? Allanad los caminos, que los escabroso se iguale, es decir, que las cosas que en mi vida no están correctas, que en mi vida no están bien e impiden que Dios entre en mi vida, en mi corazón. No solo es cumplir con la obligación, de confesar, que también, sino ir más allá, sobrepasar los límites del amor, hacer que el mundo arda de amor con la llegada de nuestro Salvador.
Poco más este domingo, simplemente y en resumidas cuentas que seamos capaces, que sea capaz de hacer de mi corazón, de mi vida un pesebre digno para que Dios nazca en él, para que Dios sea capaz de transformar mi miseria y poder construir una vida llena de amor, hecha al estilo de Jesús, para la entrega, para el servicio y para poner a Dios y al prójimo delante de todo.
Hermanos, tengamos un santo y bueno Adviento, preparémonos que ya está cerca aquel, por el que nuestra vida tiene sentido. 


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